| Clementine's profileDIARIO DE UN NÁUFRAGOPhotosBlogLists | Help |
|
September 09 ADIÓS A LAS ARMAS
"¡Hola! ¿cómo es que llamas a estas horas?" Paige sonaba muy rara al otro lado del teléfono. Sin duda había ocurrido algo digno de alterar la rutina semanal de sus llamadas. Sabía que El Asesino iba a reaparecer, pero ignoraba cómo ni cúando. No estaba preparada para que fuera justo en ese momento. La noche cayó sobre ella y la aplastó contra el asfalto. Al principio se asustó. Desesperó. Le gritó a Paige. Después se sentó en un rincón de la escalera y lloró. ¿Cómo podía hacer esto? ¿Porqué? Paige quería verle. Ella no lo entendió. “A lo mejor, si le vieras”…Ella se enfureció. “Paige, sólo quiero una vida normal. Si le viera…sería volver a lo mismo. No puedo permitírmelo”. Colgó el teléfono. Cuando recuperó el aliento comprobó que nada había cambiado: acababa de estar con Carl tomando algo en su casa, las calles seguían igual, sus vecinos salían a tirar la basura, los gatos callejeros se ocultaban bajo los coches. Nada, salvo su acelerado pulso, hacía indicar ningún cambio. El mundo proseguía sin pausa su frenético destino. Ella era una superviviente. No podía ser que todo se desmoronara de nuevo en un momento. No podía volver atrás pero tampoco mostrarse indiferente. La indiferencia era algo a lo que sospechaba le costaría mucho llegar. Pero su amigo Dashiell le dijo algo días después que le hizo pensar. “Tal vez estás tan ofuscada en la idea de que no podrías soportar volver a verle que no te has parado a pensar si en lo más profundo de tu corazón de verdad estás preparada. Piénsalo.”
Aquella noche, ella corrió a buscarle en sueños junto al río. Tenía el presentimiento de que esta vez, las balas no le alcanzarían. “Sabía que te encontraría aquí”. Él miraba fijamente la corriente de agua. Llevaba un pequeño revólver, con el que jugaba pasándoselo de una mano a otra. Ella se sentó a su lado. “Porqué has venido…”- Suspiró. “Porqué me has hecho venir a buscarte. Qué es lo que buscas aquí…” “Esto…- él señaló el río, los puentes que lo cruzaban, el cielo negro y la ciudad iluminada- también me pertenece de alguna manera. Sabes lo mucho que me gusta. Hubiera querido verte y preguntarte cómo estás, pero pensé que ya no tenía mucho sentido, que quizás tú…Bueno, y que cualquiera debería temer tu furia paranoica…” Hizo una mueca que parecía querer ser una sonrisa. Ella le miró despacio. Sin duda le estaba costando mucho articular cada palabra, señal de que el corazón le oprimía en el pecho. “Eso ya lo sabes, Hayden. Ya sabes cómo estoy. Además, si querías verme, no tenías más que decírmelo. No sé porqué has metido a Paige en esto. Ella ya no tiene nada que ver.” “Porque también quería verla He pensado en ella muchas veces.-su mirada estaba perdida en algún sitio del que ella sentía que ya no podía traerle de vuelta. Se arrimó a su hombro y apoyó la cabeza. No sabía qué decirle para provocar en él un mínimo atisbo de ternura, ya que no podía hacer nada ya para provocarle un sentimiento mayor. “Te quiero mucho Hayhay”- Susurró. “Eso nunca va a cambiar”. Hubiera querido decirle mucho más, decirle que nadie le conocía como ella, que sabía que nunca le diría lo que pasaba por su cabeza, pero que aun así ya lo sabía, sabía que seguía siendo un niño grande, un desordenado, un tanto cobarde, alguien que creía haber encontrado la felicidad viviendo a su aire pero que en el fondo seguía siendo HayHay…tantas cosas sólo resumidas en una sola: “Te quiero mucho, HayHay”. Era cierto. Era todo lo que podía decir, porque ya no quería pelear más, ni su corazón era capaz de latir una sola vez más cargado de rencor y dolor....
“Eso nunca va a cambiar”. El revólver brillaba en la noche. Él lo había dejado a un lado y ahora la miraba como si la descubriera por primera vez. Repasaba las lecciones que aprendió años atrás, moviendo los labios como un ventrílocuo cansado. “Sigues siendo tan pequeña y blanca como una estrella fugaz”. Estuvieron un rato así, mirando el río. No había palabras para describir lo que había dentro de ellos, ni ruta para trazar un mapa que les llevara a algún lugar común. Si se hubiera podido ver a través de esas dos siluetas en la noche, no se habría visto nada más que arena, o agua, o aire. No había órganos ni sangre. Eran, de pronto, etéreos, invisibles para el resto del mundo, para la ciudad entera. Sólo estaban ellos dos. “No pretendía molestarte”-dijo él al fin. Ella le miró con calma y no creyó lo que salió de lo más profundo de sí misma. “Ya no te odio. Ni siquiera me asusta que hayas traído la pistola contigo. Esta vez no vas a poder matarme. Quiero decir, que no voy a morir Hayhay. Pero algunas cosas, es mejor dejarlas como están. Y sí, ahora sé que puedo mirarte, y que puedo comprender mi vida y el universo entero mirándote a los ojos. Pero precisamente por eso…nunca habrá nadie tan importante como tú.” Él no dijo nada. Sólo le acarició la mejilla y se puso de pie. Debía marcharse antes de que amaneciera. Ella le vio alejarse por la vereda del río caminando todo lo deprisa que sus piernas, ligeramente arqueadas, le permitían. Antes de que desapareciera, ella le gritó: “¡Hayhay! Me estoy haciendo mayor…” Hayden se volvió una vez y le sonrió. Ella le vio tirar el revólver al río, y la corriente lo arrastró hasta que se perdió de vista. “Tal vez es eso…-pensó ella. Tal vez es que me estoy haciendo mayor sin darme cuenta y ya no puedo hacer nada para detenerle o para detenerme yo misma. El mundo no va a pararse más como lo hacía cuando éramos jóvenes, cuando no existía el tiempo ni el espacio y los días eran tachones rojos en un calendario eterno donde siempre que él me amara sería primavera. Ya se notan los primeros signos del otoño que vendrá, de las velas que soplaré, sin duda me he hecho mayor…”
Él se despertó a media mañana con una sensación extraña . Como si hubiera estado apretando un gatillo que no llegó a disparar. Cuando se dio cuenta de la hora que era, sintió alivio. Cogió el móvil e hizo una llamada. “Lo siento. Me he quedado dormido…”En la ciudad hacía un día precioso. Ella ya no tenía miedo.
EPÍLOGO
Elisa le dijo aquella noche, en la barra del Olmo, que ella tenía suerte: era una superviviente porque transformaba sus experiencias en historias. Escribir era su asidero más firme. "Ni alcohol, ni leches. Déjate de tonterías. Y no cambies." Ella apuró el Martini y se rió. Inma y su barbilla de princesa miraban fijamente hacia la puerta. "Joder, no paran de venir críos". "Somos viejas tía..." -"¡Qué cojones! Interrumpió Pedro. Lo que les han cerrao el Rollo y los chavalicos no saben a dónde ir". Al día siguiente fueron al Plata. Inma estaba entusiasmada de que un local así estuviera en Zaragoza. Ella pensó que sin duda era la primera vez que la había visto orgullosa de su "ciudad gusanera". Y pensó, también, mientras se apoyaba en su hombro que siempre olía a Nivea, ese olor tan suyo y tan reconocible y tan cercano, que Inma siempre había pretendido ayudarla, a su manera, pero sólo ayudarla. Y les dijo: "No os preocupéis, que mañana ya tendré escrita otra historia."
|
|
|