Clementine さんのプロフィールDIARIO DE UN NÁUFRAGOフォトブログリスト ツール ヘルプ
8月26日

I don´t know what anyone can see in anyone else

Todo el mundo en el trabajo había visto triste últimamente a la señorita Meshell: Mason Parsley canturreaba “la princesa está triste...¿qué tendrá la princesa?” cuando pasaba a su lado. Por no hablar de Carl, que cada vez que iba a visitarle a la oficina exclamaba “¡hoy no eres la de siempre!” a la vez que suspiraba: “ya no puedo vivir en esta ciudad. Ya no puedo vivir en ningún sitio que no sea Berlín”. JC y Lila andaban por ahí haciendo fotocopias, incrédulos,  pues adoraban ese pedazo de tierra polvorienta al Este de California. Carl se quejaba de los lugareños, él siempre sería demasiado esnob.

 

La culpa de que Ms Meshell anduviera de nuevo con la frente marchita la tenía un treintañero que había creído ver en la pasión de ella un afán de compromiso que pese a su edad no parecía dispuesto a asumir.

Huyó como el que compra tabaco y nunca vuelve, más probablemente una bolsa entera de hierba con la que pedaleó hasta un monte perdido y jamás regresó. A Meshell le disgustaba profundamente la cobardía de los hombres, y no entendía cómo ése, el de los ojos grandes y redondos, el que le gustaba porque sabía exactamente cómo y dónde tocar, no había visto brillar débilmente su corazoncito aquella noche después de años sumido en un castigo de oscuridad.

 

Ella pensaba que él no la consideraba suficientemente vulgar como para ser una mujer digna, para ir juntitos de la mano, que le tendría miedo, porque Meshell se apostaba, después de tomar frente a frente una cerveza con él tres noches atrás en el McCartney, que Nick era menos inteligente que ella.

Por mucho que fuera un directivo de esa empresa, por mucho que tuviera doce años más, Meshell le miró entre incrédula y divertida cuando él, mirándola con sus ojos redondos, le dijo: “Verás, es que yo estoy de paso. Volveré a Los Angeles en otoño”. “Imbécil”-pensó ella. “¿Crees que yo sé dónde voy a estar en otoño?” Meshell no dijo nada porque ya se había dado cuenta que no había nada que hacer con un hombre como Nick. No era de los que arriesgaban, de los que le darían sorpresas los fines de semana y discutiría con ella sobre películas de Woody Allen. Había confundido “Eternal Sunshine of the Spotless mind” con un pastelón infumable de Richard Gere. Era terrible.

 

Meshell tampoco aceptaba que un hombre, por muy de alternativo que se las diese, no fuera un caballero, y que Nick le dijera que le daba igual que ella fuera o no a su casa en la segunda cita le pareció una grosería imperdonable. En la tarea de descatalogar a Nick para que pasara a engrosar la lista de gente vulgar que había pasado por su vida, se encontraba Meshell cuando Nate la llamó.

-“¿Cómo estás, Eve?”

A Meshell le encantaba que Nate la llamara Eve. Habían visto juntos la última peli de Pixar, y él decía que ella era igualita a la robot de ojos azules que con su brazo-bazoka hacía explotar todo a su paso en unos simpáticos ataques de mala leche. “Ya, pero Wall-e es entrañable, y tú no”. Nate se quejó pero acabó riéndose con ella. Estaba sola en la oficina, bastante asqueada, pero Nate, y Clyde, a quien llamó después, le hacían sonreír y recordar su vida nómada, su vida a la deriva, la misma que llevaban los tres. El naúfrago que nunca había dejado de ser.

 

Descubrió en el cajón que Mr Donovan le había traído un pastel de regalo. Mientras barría con la mano las miguitas de la mesa, llegó Chico a la oficina. Meshell le llamaba Chico porque aún no le había puesto nombre. El nombre surgía súbitamente cuando alguien le marcaba por algo en concreto, o bien porque tenía prisa por meterle en la historia, como a Nick- y generalmente se daban la misma prisa en salir de ella- Chico le gustaba porque le llamaba pequeña, y además había estudiado Historia del Arte. (Meshell sentía debilidad por los hombres de letras, había bromeado con sus amigas Tania y Kayla sobre los frikis de clásicas que habían conocido ese sábado, pero en realidad les admiraba un poco). Aceptó un café y un cigarrillo, y Chico se quitó el walkie, en señal de respeto por la conversación. Al fin y al cabo estaban en horario de trabajo, y Parsley no tardaría en aparecer por allí.

 

Meshell no daba crédito a las palabras de aquel que parecía nadar junto a ella en aquel océano lleno de cuerpos flotando boca abajo. Chico aspiró una bocanada de humo mientras sonreían sus ojillos achinados: “¿Sabes cúal es mi escena preferida del cine? Cuando en Trainspotting el yonki desenganchado va a una horrible discoteca en los noventa, cuando reinan las drogas de diseño, y le viene a la mente lo que su novia Annie le dijo tiempo atrás: Dentro de poco no habrá hombres ni mujeres, sólo gilipollas.”

A Meshell le pareció un broche perfecto para cerrar aquel día. Después de todo, ya estaban en el dos mil y pico. ¿Qué podía esperar de ahí afuera?

Y cuando llegó a casa se puso a escribir, una página más en el diario de un naúfrago. Algo que Nick y todos los que fueran como él nunca podrían entender.

                   Y ella necesitaba alguien que comprendiera esa manera de ver el mundo...

8月4日

amores que matan, nunca mueren

Ya te he perdonado.

Ya me siento capaz de seguir viviendo, y lo sentía ayer, volviendo en el autobús desde Huesca. Me temblaba la barbilla mientras el paisaje amarillo se iba haciendo más borroso. Alanis Morissette cantaba “Thank you”. “¿How about how good it feels to finally forgive you?”

Me sentía capaz de saltar al campo, y recorrer las montañas, la ciudad, el pueblo, y llorar y llorar y andar hasta caer rendida sobre un puñado de esa tierra mía. Cúanto tiempo sin encontrar sentido a lo que estaba frente a mí, sin encontrar sentido a cada paso que daba...

El perdón es más doloroso que el odio. Es un dolor diferente, porque es un dolor que asume, ya no devora todo a su paso. Hace tiempo que asumí el gris que tiñe mi mirada, que aprendí a aprovechar los pocos momentos de colores, rojo, azul, verde, púrpura, amarillo como el campo ante mis ojos.

Ahora tengo tiempo para pensar qué quiero hacer con mi vida, siempre con la maleta al hombro. Seré como Malena. Durante mucho tiempo he sido y seré un personaje de novela como ella, y haré las cosas por inercia hasta encontrar de nuevo un sentido.

Pero ya no me da miedo. No me da miedo estar a la deriva, no me da miedo no saber, no querer, no tener nada. Nunca he tenido nada más que humo entre los dedos.

¿Quién ha dicho que superar un trago tan amargo fuera algo tan fácil?

Yo me he estancado en mi dolor, en mi recuerdo de lo que para mí fueron los años más felices de mi vida, me he estancado y he llorado y he gritado y he deseado estar muerta antes que sentir mi corazón podrido de latir, cercenado, inservible ya. ¿Y qué?¿Quién se atreve a reprochármelo? Mi dolor ha sido proporcional a mi amor, a mi ilusión, a mi ferviente deseo de que todo saliera bien, de algún día formar una familia y hacerme viejecita con él. ¿Qué es lo que parece tan raro a ojos de los mortales que todavía no saben lo que es perderlo todo?

Me he regodeado en ello, he sentido asco cuando me he acostado con otros, he sentido la derrota cada día al levantarme, la derrota en cada dedo en cada músculo y en cada poro de mi piel,  y he odiado, le he odiado tanto que hubiera sido capaz de matarle de un solo y certero disparo, rebanándole los sesos, destrozando ese rostro hermoso que le diferenciaba de todos los seres humanos.

Y sin embargo ya he dejado de sentir que estaba loca,  que era la única en el mundo con ese sufrimiento, me enganché al alcohol como si hubiera sido un asidero más seguro de lo que fueron sus caderas, me perdí en el bullicio de Madrid, en la soledad del bosque de Sherwood, y ahora he comprendido que huir sí que me salvó en cierta manera, porque si no hubiera conocido a toda esa gente, si no hubiera aprendido a sobrevivir con mi herida, con mis miedos, con mi dolor, si no hubiera tenido esa oportunidad de independencia, de aprender tanto, de hacer tantas cosas, si no hubiera conseguido este trabajo, si no hubiera compartido lo que quedaba de mi vida con la gente que me he ido encontrando en el camino…nunca hubiera podido superarlo, ni siquiera intentarlo.  Nunca sabrás, nunca tendrás ni idea, de lo que ha sido una milésima parte de mi vida desde que ya no estás en ella. Estos años han sido una larga noche de piedra, un esfuerzo y un sacrificio titánico para llegar a sostenerme sobre mis pies y no caer redonda.

Hoy te he perdonado, también me he perdonado a mí, y lamento que la vida haya sido tan puta que no me haya dejado enseñarte tantas cosas como sé ahora.

Seguiré viviendo a mi manera, con mis días malos, buenos y regulares, desempolvando, de vez en cuando, porqué no, la caja de los tesoros, donde en veranos desiertos contaré monedas brillantes, momentos que atesoraba, que soñaba no acabarían nunca.

Escribiré relatos, inmortalizaré momentos en el papel, momentos no tan brillantes, quizá, pero de colores, rojo, azul, verde, púrpura, amarillo, amarillo como el ancho campo ante mis ojos.

 

 “Ninguna droga me ha devuelto esa pausada circulación de la sangre

cuando te creía mi hogar”

 

(Sylvia Solé, Diacronía del miedo)