Clementine さんのプロフィールDIARIO DE UN NÁUFRAGOフォトブログリスト ツール ヘルプ
6月4日

Un día normal

 

Si pudiera hablar contigo y desearte cumpleaños feliz, tú te encogerías de hombros y contestarías: “ya sabes, sólo es un día normal”.

Tu sencillez me cautivó siempre. Te hacían feliz las pequeñas cosas. Supongo que seguirá siendo así, por eso voy a regalarte un poema de Rafael Alberti, uno de mis preferidos. Apuesto a que nadie va a regalarte hoy un poema. Eso son cosicas mías, ya lo sabes.                            

 Hace poco viajé al Puerto de Santa María y me apasionó la visita a la fundación Rafael Alberti. Su vida, sus poemas, son un auténtico canto al amor y a la libertad. He elegido éste porque creo que es precioso y es el que Alberti hizo grabar como epitafio en la tumba de su esposa María Teresa León, una de esas mujeres -gatas valientes de piel de tigre como de rayo de luna llena, cuyo libro de memorias constará entre mis favoritos para el resto de mi vida.

Si pudiera hablar contigo te diría lo mucho que te he echado de menos. Te contaría muchísimas cosas que me han ido ocurriendo...he viajado mucho, he conocido a mucha gente...te he echado de menos en los aviones, en los trenes, en el teatro, en la ópera, en la soledad de las montañas aragonesas y en la calidez del mar Mediterráneo. Te he echado de menos todos y cada uno de los días que van pasando sin que sepa muy bien qué camino tomar, aunque ideas no me faltan.

Te escribo esto porque no puedo soportar seguir caminando por la senda del odio y el rencor. No es la primera vez que intento desandar ese camino, lo sé, pero me gustaría que ésta fuera la definitiva. Y sin embargo hay cosas que no me siento capaz de perdonar y tienes que ayudarme. Y no entiendo porqué, habiendo tenido la oportunidad de hablarlo todo, preferiste que te siguiera odiando. Odiar es horrible e impropio de mí. Quisiera al menos que fuéramos capaces de perdonarnos de verdad, aunque pienso y temo, como dice Sabina, que ¿para qué pedir perdón si me vas a perdonar porque ya no te importa?

Las últimas palabras que recibiste de mí fueron lo más duro que he tenido que escribir en mi vida. Lo siento mucho. Pero no podía hacer otra cosa. Había sido destruida.

Te conozco muy bien, y sé que no eres malo. No sé porqué lo hiciste, pero quizá no supiste hacerlo mejor. Quizá yo tampoco. Yo tampoco he hecho las cosas bien. Me arriesgo con esto a que te rías de mí, a que ignores completamente mis palabras porque no hay nada en este mundo que te importe menos. Pero tengo la esperanza de que por fin me entiendas. El Pablo que yo conocí se hubiera esforzado en ello. No puede ser que hayas cambiado tanto...

Sé que si nos hubiéramos conocido ahora y no con 18 años, hubiéramos escrito una historia bien diferente. No sé si hubiera acabado bien o mal, pero hubiera sido muy diferente. Lo más cómodo es pensar que ni yo era para ti ni tú eras para mí, pero sinceramente lo dudo. Dudo que podamos encontrar a alguien que signifique tanto. Si pudiera hablar contigo te diría todo esto y mucho más, pero no me diste la oportunidad. Estoy haciendo de tripas corazón intentando que entiendas que necesito esa oportunidad.

Hace un par de años me dijiste que algún día nos reiríamos y lloraríamos juntos. No estaba preparada para eso entonces. Era imposible canalizar tanto dolor. Y ahora sé que es la única manera, que si no llega ese momento no podré seguir viviendo.

Dejo este último mensaje en una botella para ti, sombra oscura que sé que has ido leyendo lo que escribo como lo hacías cuando tenías cuerpo y boca y ojos con los que mirar.

Siempre tuya

I

 

Retornos del amor en las arenas (Rafael Alberti)

Esta mañana, amor, tenemos veinte años.
Van voluntariamente lentas, entrelazándose
nuestras sombras descalzas camino de los huertos
que enfrentan los azules de mar con sus verdores.
Tú todavía eres casi la aparecida,
la llegada una tarde sin luz entre dos luces,
cuando el joven sin rumbo de la ciudad prolonga,
pensativo, a sabiendas el regreso a su casa.
Tú todavía eres aquella que a mi lado
vas buscando el declive secreto de las dunas,
la ladera recóndita de la arena, el oculto
cañaveral que pone
cortinas a los ojos marineros del viento.
Allí estás, allí estoy contra ti, comprobando
la alta temperatura de las odas felices,
el corazón del mar ciegamente ascendido,
muriéndose en pedazos de dulce sal y espumas.
Todo nos mira alegre, después , por las orillas.
Los castillos caídos sus almenas levantan,
las algas nos ofrecen coronas y las velas,
tendido el vuelo, quieren cantar sobre las torres.

Esta mañana, amor, tenemos veinte años.