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6月19日

pedazos de mí

Creo que para la mejor forma de contar todo lo que ha ido ocurriendo en las últimas semanas es publicar estos pedazos de mí que he ido recopilando. Desde mis inicios en el trabajo (que ha conseguido absorberme totalmente) hasta mi último viaje a Notts en busca de mis maletas y de una despedida que no pude tener el mes pasado. Sigo de aventura en aventura y tiro porque me toca, y alargaré esta vida nómada todo lo que pueda. Después de todo lo que he vivido, creo que es lo que me corresponde ahora.
Cuídenseme...
 
 

LIBRE TE QUIERO

 

Sí, fue esa mañana de sol cuando todo se puso en marcha. De pronto me vi firmando un contrato para “un puesto de responsabilidad” que no sabía muy bien hasta dónde me iba a comprometer. Más tarde, me vi por fin en el recinto, aún más hormigón y cascotes que belleza arquitectónica, y sin embargo ya imponía, sentí un cosquilleo de orgullo al mirar la ciudad desde allí...de pronto tan hermosa...decidí tomármelo como una deuda con ella, una deuda contraída muchos años atrás.

El mismo cosquilleo al entrar por primera vez a lo que sería mi oficina, al empezar un trabajo que era una necesidad, una liberación y una excusa a partes iguales. Al sentirme útil, capaz, fuerte, libre, al ver el orgullo brillando en los ojos líquidos de yaya. Aquella tarde me acercó en coche a casa mi compañero Pepe, quien trabajaría conmigo mano a mano en la oficina. Estaba mareada por la emoción y el hip hop en francés sonaba a toda pastilla.  Pepe el guapérrimo acababa de llegar de Estrasburgo y yo acababa de darme cuenta que aquella frase que me regaló mi madre era la declaración de amor más grande que nadie jamás podría hacerme. Y cuando crucé la puerta de casa, ya no me acordaba de que era 4 de Junio.

 

 

POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS

 

Había sido invitada, en calidad de amiga, por Eliseo a la inauguración de las campanas del Pilar, que habían sido restauradas. Él y sus compañeros, campaneros de la catedral de Valencia, eran los encargados de tan importante acto.

Subí de dos en dos los peldaños de la torre más alta entre revoloteos de palomas y mirando de vez en cuando por los ventanucos espaldados. ¡Qué grande me parecía Zaragoza de pronto! Y a la vez tan pequeña. Tan mía. Allí arriba asistí a un espectáculo sin duda majestuoso. No sólo por el sonido embriagador de las campanas sonando con fuerza en la noche al mismo tiempo que los fuegos artificiales explotaban en mis ojos, sino porque me sentía protagonista de un momento único para mi ciudad, unida ya sin remedio a sus rutinas, a sus domingos y celebraciones.

Hablé con un periodista que me hizo recordar lo mucho que me hubiera gustado estudiar esa carrera, y me dijo que escribiera, que al fin y al cabo era lo más importante. Sí, aquella noche descubrí que quería ser periodista y que en realidad, siempre había tenido un vértigo terrible.

 

 

EL ARTE DE MORIR

 

Syl revolvía en el plato unos raviolotti que se le apoderaban mientras nos decía, a Leticia y a mí, que se quería morir. No trataba de explicarlo, simplemente nos miraba con ojos cansados como queriendo que lo asumiéramos, sin pretender que nunca fuéramos capaces de entenderlo.

Había en sus palabras más vida que nunca, sin embargo. Aun pronunciando esas palabras tan duras, con esa voz balbuceante, como abotargada, Syl sonaba terriblemente interesante. Siempre lo había sido. Era tal vez que no era capaz de asumirlo, o quizá es que no lo sabía llevar. Era una mujer con un potencial increíble, pero con una vida que le había dejado un sabor amargo insoportable y ya más pastillas que donuts de chocolate en su estómago.

Le había llevado su libro para que me lo firmara. “No te rindas, porque aún tienes que escribir muchas más cosas tan hermosas como este libro”. Y eso que ella y yo sabíamos que allí estaba casi todo escrito. Un corazón podrido de latir.

Esa noche abrí la primera página de Diacronía del miedo. En ella había un gracias y un te quiero, un reconfortante epitafio.

Sigo pensando que siente más de lo que padece, pero necesitará quizá otro libro para darse cuenta. Ojalá sea yo quien lo escriba y decirle, en la primera página, que la quiero tal y como es, y lo que quiera ser, menos una muerta.

 

 

OMAR SHARIF

 

Tenía los ojos más negros que había visto en mi vida.

Mi corazón estaba lleno de arena de desierto, y el suyo sólo quería huir de las calles de El Cairo, bullicio vacío y miseria .

Deambulamos por una ciudad que descubría por segunda vez, refugiándonos en bares que no me recordaban a nadie.

La droga era oro líquido, con eso bastaba para sentir algo.

Y sentí que podía sentir. Su voz profunda me llevaba debajo de una cascada y escondida del mundo, me miraba desnuda en un espejo.

Sí, era yo.

“Piensa que vuela...” y entonces sus ojos de escarabajo se posaron en mi boca, y le hice libre.

 

 

 

FAREWELL

 

Ésa fue mi verdadera despedida.

Se me quebró la voz en el momento en el que cogí las manos de Salvatore y Alberto y les dije “you gave me lots of shiny moments...” pues así es como me gusta definir la felicidad.

Les había conocido muchos meses atrás, cuando llegaron a Nottingham desde Cerdeña. Recordaba, como si fuera ayer, el primer día que Ángela, Pedro y yo nos dimos cuenta de que un chico y una chica que no eran ingleses habían llegado a Sherwood. Era una tarde de Enero, una de esas post-exámenes en las que nos emborrachábamos en casa de los chicos, y yo distinguí enseguida el acento francés de Marie pero creí que Salvatore era alemán. Ángela se acercó a ellos y nunca nos volvimos a separar, hasta ayer. A Alberto le conocí en el cumpleaños de Carmen. No llegó a acudir porque tenía formal dinner, pero vino corriendo a disculparse con Salvatore antes de que cogiéramos el bus. En aquel momento recuerdo que me pareció un personaje tremendamente pintoresco. Con el paso del tiempo, Alberto se convertiría en una de las personas más importantes, más divertidas, más honestas que he conocido en mi vida. Alguien necesario en un mundo cada vez más insípido y mentiroso. Cuesta creer que no puedo ya disfrutar de su compañía, que no puedo tomar té y charlar sobre la vida en nuestras interminables sobremesas, planear picnics, barbacoas, o fiestas desfasadas o noches tranquis en los mejores garitos de la ciudad. Nunca llegó a tocarme la guitarra, por eso sé que aún nos quedan cosas por hacer juntos. El otro día comentábamos que no sabíamos si agradecer o no el habernos conocido, porque ahora nos hacíamos “esa falta sin fondo”...pero yo pienso en los momentos que me ha regalado y tengo que agradecer a la vida haberles encontrado.

Sequé mis lágrimas en su jersey verde de rayas, ese del que siempre nos reíamos Marie y yo, y le despedí con la mirada perdida en sus ojos marinos tan lejos del prototipo italiano. Pero Alberto era así, era diferente. Una flor rara creciendo al borde del camino. Supongo que por eso le quiero.

 

 

La verdadera despedida. Se me quebró la voz de nuevo traduciendo al español lo que en Market Square les había dicho a los chicos antes de desaparecieran dentro de un taxi. “Me habéis ayudado tanto, sin saberlo, sin pretenderlo siquiera. Me habéis dado tantas cosas, armas para seguir enfrentándome a la vida”. Y sí. Así fue. Yo supe que Carmen merecía la pena una noche en la que me buscó por todas partes porque me había perdido y nadie más se preocupó. Eso fue al principio y desde ahí fue creciendo una amistad que resultó ser mucho más de lo que parecía a simple vista. Ella no necesitaba hacer grandes aspavientos para demostrar su cariño, en eso me recordaba mucho a Inma. Pero era verdadero. A veces, me pareció de las pocas cosas verdaderas del Erasmus. Con ella y con Silvia me sentía querida, protegida, me sentía en casa. Me arrebujaba en su sofá y me daba de comer, a veces huevo frito, otras gominolas, otras un té con custard creams. A menudo sabía lo que pensaba con sólo mirarla. Le gustaba hacer sus business y meterse en medio de todos los fregaos, pero siempre manteniendo su independencia y su prudencia que la caracterizaban. La familia, como les gustaba llamarse a ella, Silvia, Carlos y los chicos, acabó adoptándome como una más. Fueron los tiempos más felices de mi año en Inglaterra. Y superaron con creces a cualquier mal rato que pudiera pasar al principio.

Y allí estaba, en su sofá última vez, tras una noche inolvidable en el Tantra, un último baile y beso con Fabio (que contra todo pronóstico, resultó ser uno de los pocos momentos puramente románticos que viví en el Erasmus) y yo tratando de expresar con palabras lo que había significado para mí todo aquel año...Ángela no dejaba de llorar pero Carmen aguantaba estoicamente, quizá reservándose para ese momento de soledad inconsolable que viviría en el avión rumbo a Valladolid unos días después.

 

Me fui como vine, en silencio, descalza para no hacer ruido sobre la moqueta. Eran las 6 de la mañana y el taxi estaba ya esperando fuera.  Carmen me abrió la puerta de atrás, la puerta grande que decía ella, que ya vio marchar a Silvia y a Carlos, y me dijo “gracias por todo”.

Mientras me alejaba, traté de dibujar un corazón, y al doblar la esquina la lluvia y las lágrimas ya desleían el número 12 de Cycle Road.
 
 
cumpleaños de CarmenInés, Daniel, Silvia, César y Carmen
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