Clementine さんのプロフィールDIARIO DE UN NÁUFRAGOフォトブログリスト ツール ヘルプ
3月6日

El viaje a ninguna parte

Clementine esperó a Alma donde siempre, en la puerta del edificio de Filología. Y a su alrededor, el estanque sucio y la zona ajardinada entre césped salvaje y pinos desangelados le pareció el lugar más triste del mundo. Un lugar que ya no le pertenecía, que en su memoria hacía siglos que había desaparecido sepultado bajo un montón de escombros. Alma forzaba la sonrisa, Alicia estaba enferma. Una vez más. Clementine la abrazó sin saber muy bien porqué pero sabiendo que no podía curarla. Durante lo que quedaba de día, sintió la mirada de Alicia clavada en su espalda, su espalda cargada con años y polvo de escombros. La facultad estaba en ruinas. Todo se había derrumabdo una noche que Clementine dormía y aún no sabía que era Clementine. Le preguntó a Alma esa mañana de Marzo si ella veía un atisbo de vida en el campus. Alma negó con la cabeza: ella también quería huir. Clem pensó que todos habían muerto, Alicia también estaría muerta pronto.
 
Clementine cogió el 22 en el Portillo. El comienzo del viaje exactamente donde empiezan los recuerdos de su vida. Su abuelo, quería comprarle un helado con forma de semáforo... El día es gris, es sucio y desvaído. Una lluvia fina y fea que mancha la ciudad, que la hace poco merecedora del sol del que suele gozar la mayor parte del año. Zaragoza, humilde y honesta, muestra al habitante y al visitante la misma cara, la cara lavada de los días de lluvia y el brillo del sol en los días que hace la comunión con su vestido blanco de flores. Cómo no recordarte, al pasar por el Coso, y aquel día en el que después de amarse vieron la procesión del Rosario de no se qué. Era el Pilar, tan festivo y a la vez tan solemne, no sé qué era pero te quiero, te quiero, las paredes pintadas de verde, las jarras de cerveza, el pulpo demasiado caro. Galicia. Clementine cierra los ojos al compás de la lluvia, que estropea la ciudad y la hace fea, vacía, como su alma.
 
El Coso Bajo. Ahora le pregunta al conductor donde está la parada de Alonso V, porque todo eso le suena, pero como mucho fue una vez que creyó que se quedaba preñadica, mire usted, tengo 19 años, ¿qué clase de centro de salud era ese? Pero Alonso V es más allá, más allá de sus recuerdos, más allá de Huesca, no esquiamos, pero era el día más bonito del invierno, ella le enseñó una canción de Labordeta, le cogía la mano y bajaban del castillo, bajaban cantando, todavía no estaban muertos, todavía había tiempo para hacer de la ciudad un mundo para ellos dos.
La Magdalena, lejos aquellas tardes de primavera en las que se citaba con Monsieur le Musicien. Nunca volverá. Glenn se casará lejos del ese barrio y Clementine escribirá el discurso de su boda igual que hará con Joan, con Rose. El cierzo sopla con fuerza y ensucia aún más la ciudad, Clementine lleva en un sobre cerrado su voto, camino del Censo electoral pasa por delante de un mercado de verduras y un taxidermista antes de ponerse en marcha hacia Independencia.
 
El 30. Antes de que el aguacero le pille-en Zaragoza nunca llueve, y se siente incómoda viendo las gotas formando grumos en la ventana- observa embelesada los barecicos de la calle Asalto, el mural de la calle San Miguel, su ciudad transformada en gris perla por la lluvia intermitente que ensucia las aceras.
Ahí está el Paseo Independencia, allí se bajará, corriendo a toda prisa tapándose con lo que puede-no hay paraguas, en Zaragoza nunca llueve- allí morirán, en los charcos de la calle, los últimos paseos de Hayden Y Clementine, las últimas promesas, las últimas tardes de primavera. Llueve y no hay donde refugiarse.
Correos. Clementine ha llegado al final de un camino que empezó un mes antes en Manchester y que acaba ahora en una ventanilla de Correos. Más tarde le dirá a su madre "siempre pongo empeño en todo aquello en lo que creo" ella no podrá menos que abrazarla, besarla y apretarla contra su pecho. "Mamá, ¿tú sabes porqué una persona para otra pasa de ser todo a ser nada ? Su madre dice que no lo sabe. Nadie lo sabe.  A Zaragoza la lluvia la afea, le pone la cara sucia.
 
El 33. Conde Aranda y sus palmeras artificiales son como un oasis en medio de la nada esa mañana de Marzo. Clementine se baja, como siempre, al lado del palacio de la Aljafería. Al lado de casa. El sol ha vuelto a salir, y limpia de tristezas las calles enfermas de soledad. Clementine está llorando, con la música en los oídos, con un nudo en la garganta. La lluvia ha deslucido las flores tempranas de los cerezos malvas. No sabe qué flores hubiera puesto en su tumba. Cuando era niña, cogía lirios en el pueblo, le gustaban las amapolas y las margaritas. Sabe que a él le habrían encantado los lirios, ella le prometió que le llevaría al pueblo pero nunca pudo hacerlo. Qué andarás haciendo ahora. "¿A ti qué cojones te importa?" su madre pone los platos en la mesa y le hace un gesto de reproche. "Va a hacer mucho frío todo el mes. Será mejor que vengas abrigada." Clementine mira por la ventana. El cierzo sopla inmisericorde, y parece que va a tumbar los árboles del parque.
 
La estación. Clementine cree que va a morir joven y por eso advierte a su madre que disfruten el tiempo que les queda juntas. No tiene miedo, sólo piensa en su madre y en Zaragoza. La ciudad del alma, ese alma que no late sino crepita.
El puente del milenio está iluminado. Cuando llegan a Barajas 4 horas después, de pronto deja de oír, deja de sentir, sólo se coloca en el avión como una muñeca de trapo. Cuando aterrice en Inglaterra sólo será un cuerpo más, un pozo sin fondo destinado a aprovechar cada minuto. Zaragoza, humilde y hermosa, dice hasta la vista con un estela de viento. A lo lejos el océano: Clementine ya no volverá a Galicia. Ya no tiene porqué. Ya no queda nada.
La nada, silenciosa, se mimetiza entre la oscuridad y el amanecer, entre el latir y el crepitar, y entrada la mañana Clementine soñolienta compra cookies de chocolate blanco en Subway. La nada se ha apoderado de ella como en un vestido de la formal dinner, como una gota de lluvia en la tierra árida de su Zaragoza gusanera.
 
La lluvia de aquella mañana de Marzo de desliza ahora por las teclas del ordenador. Miles de kilómetros lejos de Zaragoza, Clementine la recuerda como la promesa de una vida que no pudo ser. Nada será igual. El lugar más triste del mundo seguirá siéndolo, la lluvia seguirá afeando una historia que mereció más de una oportunidad, más de dos y de tres. Ahora estamos muertos. El autobús me llevó a ninguna parte, los aviones, los trenes, ninguna parte. Clementine sigue escribiendo y las teclas le resbalan, ya no significan nada. Ya no son letras ni números, sólo la monotonía de una música tan triste que ella no quiere pararse a escuchar.
 
 
A Zaragoza, novia del viento, ciudad de mi vida
crepitar del alma, amor no correspondido en los días de lluvia
como el tuyo en Santiago...
no volveré
no volverás...