Clementine さんのプロフィールDIARIO DE UN NÁUFRAGOフォトブログリスト ツール ヘルプ
10月14日

EL HOMBRE IMPASIBLE

 

 

Nada más verle supe que ésa iba a ser la última vez. No sólo porque sintiera que la tierra se abría bajo mis pies, sino porque antes de que ninguno de los dos abriéramos la boca ya sabía que mis esperanzas de provocarle algún sentimiento, fuera perdón, arrepentimiento, amor u odio, eran vanas, vacías como sus ojos que ya no transmitían nada.

La cita hubiera tenido sentido si él me hubiera cogido las manos y mirándome a los ojos hubiera ido lamiendo heridas del pasado que, aunque invisibles, todavía supuraban infectadas bajo mi piel.

Había hecho acopio a lo largo de los años de la dignidad y la fortaleza necesarias para tenerle delante. Estaba preparada para escucharle. Y, mientras asistía al relato de una vida aburrida en Madrid, me repetía a mí misma que ya sabía que eso podía ocurrir. Que él sólo quisiera dejar su conciencia tranquila y saciar su curiosidad. Quizá comprobar si seguía viva. Sus gestos mecánicos, sus anécdotas estudiadas, le hacían parecer un muñeco sin vida a la vez que me sentía amordazada, como si él me estuviera advirtiendo en otro lenguaje que no se me ocurriera decir nada inconveniente.

Efectivamente no dije nada pero porque una parte de mí no podía creer que no fuera él quien sacara el tema. Se comportaba como si él y yo nunca hubiéramos sido nada más que amigos, si con suerte llegaba a eso. Cada vez me sentía más pequeña y mi cuerpo más yermo, más inútil. De pronto ya no tenía rostro, ni piernas ni pechos ni pies. Sólo era un amasijo de cenizas, ceniza sucia y gris que nadie miraría sino acaso para pisarla. Y no podía volver a verle, porque la distancia de un roce de mis dedos a la que estaba su pelo ensortijado sería para siempre un abismo inmenso.

Su dulce voz era un canto de sirena, una melodía fascinante que me dejaba ciega para no ver que no había nada detrás, que nunca lo había habido, que nada en este mundo lograría conmoverle pero ya era tarde cuando me daba cuenta. Ya era tarde porque me hallaba amarrada a una roca, sola y desnuda a la intemperie del universo girando sin mí.

Él tenía que saber que yo estaba muriéndome por una palabra suya. Una sola palabra que fuera capaz de desvelar y expresar algún secreto de entre todos los que encerraba en ese corazón de piedra.

Cualquier confesión me hubiera servido para al menos, sonreír por dentro aliviada ya de saber que él había madurado, como una fruta al sol que ahora viniese a mi boca a endulzar la amargura de tanto tiempo de tristeza y derrota.Pero se esfumó la oportunidad para siempre cuando él miró el reloj y dijo que debía marcharse. Se levantó y musitó “cuídate” con una escueta sonrisa. Finalmente comprendí que nada había cambiado, y que nada podía esperar jamás del hombre impasible. Ni siquiera sus pupilas registraron una última mirada antes de encaminarme hacia la parada del autobús.